30 ago. 2008

Inalcanzable

Sobre una vieja mesa de dibujo arrinconada. Delicados trazos, ilusión de volumen perfectamente lograda, naturaleza muerta inconclusa. "Tranquilo, La paciencia es propia de los maestros", solía decirle el abuelo, debió haberse distraído al dibujar su rostro, una ligera desproporción en el entrecejo endurece la expresión del anciano, no acostumbraba fruncir el ceño de esa forma, esto ya no lo inquieta, es casi imperceptible, mas aún bajo aquella tenue luz.

Indeliberadamente se sumerge en un sueño profundo, un lápiz cae de su mano (a veces escribe poemas). Le quedan algunos cigarrillos, uno para cuando despierte, el resto para no sentirse tan solo al anochecer, quizá beba algún sorbo de vino viejo.

Últimamente se le repite el mismo sueño una y otra vez, la misma mujer de ondulada y dorada cabellera , el mismo instinto de ir tras ella, siempre tan inalcanzable, tan callada...
La vastedad del bosque, un sol que se derrama gota a gota, el cansancio, la mujer camina sobre el agua con la naturalidad propia de los pájaros al volar, los reflejos se distorsionan con cada paso.
Sabe que no podría seguirla sobre el río, pese a estar en un sueño teme hundirse en el intento. Otra vez la misma sensación de derrota, de no poder sostener el agua que se escapa entre dedos, ella se va perdiendo de vista entre los árboles del bosque, como siempre sin decir adiós, y esa indiferencia le hace aún más bella.

Un suspiro, un breve cerrar de ojos, se dispone a regresar cabizbajo, sollozante. Ya no recuerda su punto de partida, caminará sin rumbo, sin prisa, no es preciso correr, no queda nada ni nadie a quien perseguir.

Las bestias duermen, están cansadas de existir en el sueño de alguien más, quieren hacerlo en los propios. Cierto día se cansarán también de estar allí, y en sueños soñarán, es el instinto de huir a nuevos mundos, todo ser vivo lo posee, en algunos es mas fuerte que en otros.

Y todo se oscurecerá cuando algún ruido despierte al hombre taciturno que solía dibujar. El caminante lo recuerda vagamente, solía ser él.

La sensación de llevar puesto un abrigo de espinas es propia de quien camina en soledad. Se apagan algunas llamas en su interior, otras se encienden tímidamente, ilusiones se reducen a cenizas y nadie sopla sobre estas. No es preciso llorar cuando ya nada importa, sería tan absurdo como correr tras el viento.

Las gotas de sol no dejan de caer, pronto caerá la última, la noche será oscura, por alguna razón que desconoce, las noches de sus sueños estás desprovistas de lunas y estrellas, solo hay fosforescentes luciérnagas que vuelan en círculos lentamente como queriendo hipnotizarlo, y en el mayor de los casos lo consiguen. Súbitamente se descubre despierto sobre el sillón de siempre, algo contrariado pues si mal no recuerda, justo antes de quedarse dormido se disponía a escribir algunos versos. Instintivamente se lleva un cigarrillo a la boca y al encenderlo recuerda a su bella perseguida, -Algún día conseguiré alcanzarla- se dice a sí mismo -Algún dia-.

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Edward.- un viaje al mundo de los sueños que escribí hace casi 5 años y que hoy me hace recordar tantas cosas: una joven de cabello negro que tenía la extraña y sobrenatural habilidad de robarme el habla y pensamiento al pasar, una clase de Dibujo 1, la divina comedia de Dante que tanto tardé en leer, Kafka que me torturaba, mis largas noches de entonces pensando en Descartes, en el origen del tiempo, en lo corta que es la vida, en esa mujer, la primera, esa de la que no me gusta hablar, la del beso bajo el árbol herido, la que me hizo... , en fín, son muchos recuerdos, demasiados. Este sí, puede que sea de su agrado, no estoy seguro.

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